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Sábado, 7 de febrero de 2015 | Leída 245 veces
LA TRANSGRESIÓN DESDE UN ENFOQUE DISTINTO

José Ovejero: La Ética de la crueldad

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Ovejero se encarga de hacer una diferenciación, quizás sutil para el lector desprevenido, entre la crueldad como medio de generar horror y fascinación (dos caras de una misma moneda, asegura) y la capacidad que tiene la crueldad de sacarnos de nuestras zonas de confort para que nos preguntemos y cuestionemos cosas que de otro modo no pondríamos en duda.

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Por: Luis Davelouis

 

¿Es la crueldad incapaz de engendrar emociones, pensamientos o, en última instancia, acciones positivas? ¿Es su calidad disruptiva la que la convierte en un asunto de escándalo, réprobo y funesto? José Ovejero se cuestiona las razones que acompañan o justifican la creación y sus formas, que no son, estas últimas, más que las maneras que tiene un determinado contenido de llegar a una determinada audiencia.

 

Ovejero se encarga de hacer una diferenciación, quizás sutil para el lector desprevenido, entre la crueldad como medio de generar horror y fascinación (dos caras de una misma moneda, asegura) y la capacidad que tiene la crueldad de sacarnos de nuestras zonas de confort para que nos preguntemos y cuestionemos cosas que de otro modo no pondríamos en duda. La transgresión, la crueldad, funciona, en ese sentido, como un elemento que no busca ser disruptivo por sí mismo, sino para conseguir un fin: la realidad puede ser de otro modo.

 

La literatura (el arte, retruca Ovejero) de ficción está llena de casos en los que la única razón detrás de los escenarios de crueldad extrema son asquearnos, pero como nos asquea la putridez de una manzana que acabamos de morder: una vez que la arrojamos a la basura, el efecto termina. Esto es, en esencia, entretenimiento. Las personas consumen lo que ya vislumbran, es muy raro que alguien se acerque al teatro a presenciar una obra de la que no sabe absolutamente nada. El autor sugiere que estos son espacios que buscamos para alejarnos momentáneamente de nuestras zonas de confort sin salir de ellas realmente.

 

De eso se trata el entretenimiento: emociones superficiales, casi de mentira, que se desvanecen ni bien acaba la obra, como la manzana que mencionábamos anteriormente. No debe costar trabajo, aun si requiere de la participación del público o la audiencia, no debe requerirles esfuerzo alguno, debe ser inocua en el fondo. La crueldad que llama a la puerta de maneras insospechadas nos compele a pujar, a esforzarnos para alejarnos de lo que nos presenta, porque no podemos digerirlo de otro modo. La clave es precisamente esa: arte que no nos deje ser como éramos antes de haber sido expuestos a ella; una práctica que naturalmente la industria del entretenimiento ha dejado de lado (de la que escapa horrorizada, incluso). Lo que incomoda no puede estar de moda.

 

El zarandeo de la crueldad es ético en la medida que nos fuerza a cuestionarnos a nosotros mismos sobre lo que nos rodea, el orden establecido, la moral, la fe, la convivencia, el amor, las relaciones, la búsqueda de la felicidad; en fin, todo el abanico de emociones, pensamientos y sentimientos que es capaz de experimentar el ser humano. Pero todo siempre desde una perspectiva diferente, desdeñando la complacencia que ofrecen la violencia o la crueldad predecibles y que son, en esencia, puro divertimento que es lo que persigue, precisamente, el entretenimiento.

 

En los libros –y en todo– Ovejero prefiere esta crueldad que nos enfrenta con esas decepciones vitales a la de “las novelas crueles que no dicen nada, que están vacías” y que en su ensayo divide entre las que ofrecen crueldad al estilo Tarantino, “que no suelen nunca cuestionar la realidad o, en el fondo, el orden establecido”, y la crueldad moralizante, “tipo infierno renacentista, donde te dicen que si no te sometes a los valores dominantes, te pasará eso: violaciones, infiernos, demonios.. eso sí es gore puro”. De acuerdo.

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