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La voz de los que no hablan: los animales y el Derecho Penal

La voz de los que no hablan: los animales y el Derecho Penal

El autor desarrolla la relación que existe entre los animales y Derecho penal a partir de una explicación sociológica y de teoría del Estado, concluyendo que la sociedad peruana es de características antropocéntricas y gobernada por una plutocracia representativa, frente a la cual se tiene que transitar hacia una de otras características, en donde el ser humano ocupe una posición más dentro de un engranaje mayor (ecosistema), lo cual solo ocurrirá desde la construcción de una propia identidad de la sociedad que el nuevo Estado, y la democracia participativa que la funda, tiene que reforzar a través de su principal instrumento: el Derecho (penal).

Por Redacción Laley.pe

jueves 2 de enero 2020

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Era la medianoche del 25 de diciembre en Madrid y me encontraba sentado aguardando oír la detonación de los fuegos pirotécnicos, como todas mis navidades, –porque mi cerebro así me había predispuesto a causa de la experiencia previa de tantos años–; sin embargo, no escuché absolutamente nada, y entonces primero pregunte a las personas que me acompañaban sobre las razones de la ausencia de esos ruidos estruendosos que cubren nuestro cielo cada “noche buena”, respondiéndome estas con las preguntas siguientes: si fueras un animal, ¿cómo te sentirías frente a tamaña cosa?; ¿acaso te parece justo que “alguien” que no puede hablar tenga que tolerar comportamientos innecesarios como estos? Quedé en silencio por un espacio de un minuto y luego me pregunté más de una vez lo siguiente: ¿por qué acá no, y allá sí?; ¿qué significan los animales para los demás aquí que no representen lo mismo en Perú?; ¿acaso ellos ya hace mucho tiempo dejaron de ser solo “animales” y no nos hemos dado cuenta de ello?; y, ¿será que ese “no me he dado cuenta” responde a que vivimos bajo el manto de una sociedad dominada “acríticamente” por el antropocentrismo y que solo ve al “animal” como aquel que ladra, que jala la carreta, que me viste o, sencillamente, me entretiene tradicionalmente con un “olé”?

Definitivamente, las respuestas no se pueden encontrar de inmediato en la ética, política y Derecho peruano, porque los valores que estructuran a la sociedad peruana están establecidos de forma previa a la formación de estas realidades sociales. Particularmente, considero que la sociedad peruana es una que se encuentra configurada por valores que hacen de ella una de características antropocéntricas; es decir, una donde la especie humana está por encima de los demás seres vivos (animales, plantas, etc.), vistos estos de manera individual o en conjunto.

Por ejemplo, solo basta recordar aquel episodio no tan lejano en el que un portal jurídico realizó una publicación en la que se decía que un can (Firulais) había sido colocado como agraviado en una denuncia, lo cual produjo burlas y escarnio de muchos que lo único que confirmaron y afirmaron fue un comportamiento al estilo “Acho” de nuestra sociedad frente a este tipo de hechos como lo es el maltrato animal.

Ahora bien, ¿por qué pensamos así?; ¿por qué creemos que somos los únicos que merecemos tutela en nuestra sociedad?; o, ¿acaso los que no tienen voz son seres inferiores a nosotros? Al respecto, desarrollaré las razones de porqué considero que nuestro país sigue en una sociedad estructurada de esta manera e intentaré exponer una propuesta distinta de sociedad en la que se garantizará también el respeto de ámbitos de quienes no pueden alzar su voz, pero sí pueden alzar el velo que nos permitirá ver que nosotros solo somos una pieza de un engranaje mayor como lo es nuestro ecosistema.

La sociedad peruana está organizada por valores generados unos (pocas veces) por las fuerzas sociales propiamente dichas (familia, escuela, círculos sociales, etc.), y otros (muchas veces) generados y/o reforzados por un pequeño grupo (políticos, grupos de poder económico, medios de comunicación, etc.) que conducen a presentar los valores de la identidad de nuestra sociedad de una manera dada; entre tantos, pero el fundamental, que el “ser humano”, en su condición de ser racional, es el máximo habitante de la sociedad (peruana). Efectivamente, el “ser humano” aquí es un ser superior (y ajeno) a “lo demás” que ha poblado su sociedad (peruana), donde lo que necesite para su supervivencia y convivencia tiene que tomarlo y convertirlo para lograrlo. Vistas así las cosas, el “ser humano” y el “animal”, por ejemplo, son seres diferentes, siendo este último solo alimento, vestimenta y entretenimiento o compañía del primero.

Al respecto, se tiene que la sociedad peruana ha configurado una estructura de dominio del “ser humano” hacia lo “demás”, situación que otros agentes de la sociedad (políticos en nombre de empresarios, medios de comunicación, etc.) refuerzan (aprovechan y cristalizan) para que ese dominio se transforme de forma excesiva en un “dominio desmesurado del consumo o del entretenimiento” bajo lemas como: “para que crezcas sano y fuerte”, “la buena familia”, “luce a la moda esta temporada”, “es cultura, es arte”, todo ello sin atender a si, efectivamente, el “ser humano” lo necesita realmente (¿comer animales solo porque sabe rico?; ¿usar animales solo para verificar si el perfume que nos gusta ha alcanzado el nivel de excelencia?; o , ¿entretenerse con la muerte de un animal o con el encierro del mismo hasta su muerte solo para compartir una tarde con nuestra familia?); o, en todo caso, lo necesita de esa forma (¿se debe dar muerte siempre al animal solo para comer rico sin atender a si existen otras fuentes de alimento del mismo que pueden satisfacer nuestros niveles de alimentación necesarios?; ¿se debe siempre utilizar animales solo para complacer las exigencias de accesorios o vestimentas que utilizamos, sin atender a si existen otras opciones para el vestir que pueden satisfacer nuestras exigencias?; o , ¿se debe tener siempre a un animal saltando de una silla a otra sometido por un látigo o encerrado de por vida solo para realmente entretenernos con ellos sin atender a si otros modos de distracción y ocio pueden cumplir esta finalidad?).

En ese sentido, el perfil del “ser humano” que se ha configurado en Perú es un ser desmesurado que busca “el consumo y el entretenimiento” sin responsabilidad; es decir, sin conocer que aquel solo es una parte de nuestro ecosistema y que es el único garante (por ser diferenciado de forma “racional y autoconsciente” frente a los otros), de su equilibrio, esto es, del respeto hacia los demás integrantes, toda vez que ellos también gozan de sus propios ámbitos de dominio y lógica comportamental, la cual no es ni superior ni inferior, solo diferente. Toda esta actitud normalizada resulta ser la influencia, muchas veces, de los valores sociales que desde pequeños nos han ido interiorizando, y que otros (con mucho más poder) han ido reforzando en nosotros, ello sin contar que estos valores, a su vez, han ido neutralizando lo anterior. Por lo tanto, si nuestros valores están preordenados de esa manera, al “ser humano” (peruano) poco le importa lanzar a un animal de la azotea de una casa, de hacer detonar cuantos cohetes pueda sin importar la salud de este o de comprar un abrigo de pieles pese a que para confeccionarlo tuvieron que despellejar vivo a más de uno de estos, pues aquel es el “soberano” de la sociedad (peruana), lo cual responde muchas veces a que las fuerzas sociales (como hemos dicho) se encuentran neutralizadas por grupos de poder que prefieren que los ciudadanos sigan considerándose así: los únicos, pero en realidad, lo correcto debería ser: los únicos que se autodestruyen.

Así, el “ser humano” ya no debe solo pensar instintivamente (¿cuál es la razón para tomar un cerdo y darle muerte?, ¿solo porque tú buscas alimentarte de este?; ¿cuál es el motivo para atrapar un zorro rojo y arrancarle la piel?, ¿solo porque tú quieres vestirte así?; o, ¿cuál es el argumento para hacer estallar juegos pirotécnicos y perturbar la salud de un can?, ¿solo porque tú quieres celebrar las fiestas de navidad y fin de año así?, etc.). Por el contrario, el “ser humano” debe ser reflexivo y comprender su posición en el mundo y actuar responsablemente conforme a ello (¿por qué quiero alimentarme de un animal si puedo también hacerlo de otra fuente del mismo o de otro, y alcanzar el mismo nivel de nutrición (no saciedad o placer) e, incluso, de forma más saludable?; ¿por qué quiero vestirme así si puedo conseguirlo de otra manera y alcanzar el mismo nivel en la vestimenta (no excentricidad) e, incluso, de forma más saludable?; o, ¿por qué quiero detonar fuegos artificiales si puedo celebrar las navidades o fiestas de fin de año de otra manera y alcanzar el mismo nivel de unión familiar (no sensación) e, incluso, de forma más saludable?).

En este orden de ideas, el “ser humano” (peruano) debe liberarse de la lógica constantemente impuesta del “dominio” y empezar a comprender que “él no domina nada”, sino “participa con todo” en un mismo mundo. En ese sentido, el “ser humano” debe ser responsable al momento de pretender tomar todo o parte del algo que no es parte de él, sino de otros. Estos otros pueden estar cerca (can) o lejos (zorro) de nosotros, pero siguen siendo autónomos dentro del ecosistema en el cual el “ser humano” también forma parte del mismo. Por esta razón, este debe respetar los espacios de esos “otros”, garantizando su equilibrio desde las necesidades de este último (solo porque REALMENTE lo necesita para su equilibrio y estabilidad: ¿tienes que comer cerdo para vivir?; ¿tienes que matar un zorro para vestir; o, ¿tienes que perturbar a un can para celebrar las navidades?) y no de la exclusiva necesidad instintiva y mezquina de aquel (solo porque INSTINTIVAMENTE lo necesita para su satisfacción).

Esta forma de ordenar nuestros valores sociales no se aprecia solo en la manera en la que revelamos que el “ser humano” es superior frente a “lo demás”, sino también, cuando entre ellos mismos, unos pretenden ser superiores frente a otros, revelándose así las estructuras de dominio (ya no de consumo y entretenimiento), sino de género (varón sobre mujer), las cuales no pueden transitar muchas veces hacia una situación de igualdad entre varón y mujer (como se busca del “ser humano” y los animales), porque las fuerzas sociales se encuentran neutralizadas (hoy, liberándose paulatinamente para este tipo de dominio) por unas con mayor poder. Por ejemplo, se prefería antes ofrecer la imagen de las mujeres como el sexo débil para que no accedan a cargos de dirección para que aquellos (poderosos) no puedan ver ininterrumpidos los pactos o negocios bajo la mesa, por asumir que las nuevas no aceptarían la continuidad de los acuerdos; o, en todo caso, la de mostrarlas como un objeto sexual que cautivaban la atención de los televidentes o lectores para que otros (poderosos) se beneficien con la distracción de estos, sin importar que todo ello era un caldo de cultivo para el nacimiento de las estructuras de dominación sobre las mujeres en el marco de las relaciones sentimentales o de pareja (no soportar que tenga independencia económica o que vista prendas exuberantes, etc.) que atravesamos el día de hoy con las altas tasas de violencia de género.

En este orden de ideas, ¿cómo cambiamos los aires en nuestro país?; y, ¿qué papel juega el Derecho Penal en todo esto?

En primer lugar, tenemos que ser conscientes que nuestra sociedad (peruana), de un tiempo a esta parte, no transita los caminos de una sociedad democrática, sino plutocrática representativa. Es decir, nuestras autoridades siempre garantizan en primer lugar los intereses económicos de quienes “sostienen” el mercado nacional (y se benefician de él), para luego acomodar (y si eso se puede) los intereses de la comunidad, introduciéndola hacia una sociedad que se estructura en clave de dominio excesivo y sin control, como son del consumo y del entretenimiento, afectando a seres “que no hablan” (maltrato animal porque quiero vestir bien, tala de árboles porque con la inversión de la industria alcanzaremos el progreso, etc.) e, incluso, a otros que sí hablan, pero de forma colateral (altas tasas de feminicidio) por reforzar anteriormente estructuras de dominio de género como actos normalizados. Por esto, tenemos que ser el primer flanco de autorregulación de nuestros comportamientos y del de nuestros hijos o contemporáneos, ello a través de instituciones como la familia, la escuela, los círculos sociales, etc.; para que sean estas −y no los intereses de unos pocos− las que impulsen y muevan a la sociedad y la lleven hacia espacios de igualdad y libertad en clave de justicia democrática, lo cual ocurrirá a través de nuestros representantes y de sus instrumentos legítimos para lograrlo (por ejemplo, Derecho).

Para ello, tenemos que reconocer primero qué posición tenemos en el mundo. ¿Estamos solos? No, no lo estamos y vivimos con otros, los cuales tienen que ser respetados también. No reflexionemos sobre quienes nos podrían reemplazar (inteligencia artificial, robots, etc.) sin antes haber reflexionado qué posición tenemos aquí para poder lograr mantenernos y alcanzar un mundo equilibrado entre todos. Luego, sabiendo qué posición tenemos en el mundo, elegir a quienes nos representarán en esta dirección, y no a quienes nos hacen transitar hacia mundos con daños inmediatos para otros y colaterales para nosotros.

En segundo lugar, el Derecho Penal juega aquí un aspecto fundamental, pero luego de que nosotros hayamos hecho nuestro parte, pues aquel no es un moralizador de nuestra sociedad, pues somos nosotros quienes debemos construir nuestros propios valores, no que sean consecuencia del pacto que han llegado otros. Efectivamente, el Derecho Penal es solo un estabilizador de la ordenación social valorativa de una sociedad, y estando a que la sociedad (peruana) y sus valores están preordenados para servir a los intereses de unos pocos y no de “todos” los miembros (“ecosistema”) de la misma, aquel solo continuará en ese sendero, si es que no antes decidimos cambiar los valores que ellos –a través de nuestros “representantes” – nos han impuesto. Por lo tanto, una vez tengamos una propia identidad y esta signifique el reconocimiento de nuestra posición dentro de un esquema mayor, recién el Derecho Penal entrará a garantizar las condiciones mínimas y favorables para su mantenimiento (definición de conductas y bienes jurídicos tutelables), no antes.

En conclusión, no estamos solos. No somos superiores, solo diferentes como ellos respecto a nosotros. Ellos evolucionan a su ritmo como nosotros al nuestro. Es cierto que propuestas como las expuestas aquí provocarían –en términos de Beck– efectos secundarios al sistema económico y político vigente, pero considero que mientras sea uno que no nos representen y esa representación no signifique garantizar el espacio que ocupamos en la sociedad y de respeto a los otros, no tiene sentido continuar con ella. Si queremos estar y vivir en una “modernidad líquida” tenemos que romper las cadenas (no de la esclavitud) de las estructuras que nos imponen y hacen creer superiores, pobres, machos, etc. Por todo ello, una disculpa para todos aquellos que se vieron morir luego de un ole o de ser seleccionados por uno de la “buena familia” porque llegó su turno o de tanto atravesar aros de fuego y escuchar aplausos, y nunca pudieron saber qué ocurría a su alrededor.


Abogado por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú). Especialista en Derecho Penal económico y teoría del delito por la Universidad de Castilla-La Mancha (España) y en Prevención del delito de lavado de activos y responsabilidad penal de la persona jurídica por la Universidad de Santiago de Compostela (España). Maestrando en Derecho Penal por la Universidad Autónoma de Madrid (España) y en Cumplimiento normativo en Derecho Penal por la Universidad de Castilla-La Mancha (España). Investigador visitante en la Universidad Phillips de Marburgo (Alemania). Correo: [email protected]

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